Elizabeth no está segura, mientras escucha su propia voz, de si todavía cree lo que está diciendo. Estas ideas debieron convencerla hace años, cuando las escribió, pero después de tantas repeticiones han adquirido un aire gastado y poco convincente. Por otro lado, ya no está muy convencida de creer en el hecho de creer. Las cosas pueden ser ciertas, piensa ahora, aunque uno no crea en ellas, y a la inversa. Al final el hecho de creer puede no ser más que una fuente de energía, como una batería que uno acopla a una idea para hacerla funcionar. Tal como pasa cuando uno escribe: hay que creer en lo que uno cree para poder hacer el trabajo.
Elizabeth Costello - J.M.Coetzee
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lunes, 8 de noviembre de 2010
viernes, 29 de octubre de 2010
El horizonte interior
Pero yo también comprendo que nada de lo que concierne al hombre se cuenta ni se mide. La verdadera extensión no es para el ojo, no se concede más que al espíritu. Vale lo que vale el lenguaje, pues el lenguaje es el que anuda las cosas.
Me parece que en adelante podré entrever mejor lo que es una civilización. Una civilización es una herencia de creencias, de costumbres y de conocimientos lentamente adquiridos a través de los siglos, difíciles a veces de justificar con la lógica, pero que se justifican ellos mismos como caminos si conducen a algún lado, puesto que abren al hombre su horizonte interior.
Una mala literatura nos ha hablado de la necesidad de la evasión. Cierto que uno sale de viaje en busca de espacio. Pero el espacio no se encuentra. Se funde. Y la evasión nunca ha conducido a ningún lado.
Cuando el hombre necesita, para sentirse hombre, correr en carreras, cantar en coros, o hacer la guerra, son ya lazos que se impone a fin de atarse a los otros y al mundo. Pero ¡qué lazos tan pobres! Si una civilización es fuerte, satisface al hombre aunque éste permanezca inmóvil.
En tal pueblecito, silencioso, bajo la luz grisácea de un día lluvioso, veo una enferma enclaustrada que medita apoyada contra su ventana. ¿quién es? ¿qué han hecho de ella? Yo juzgaría la civilización de este pueblecito por la densidad de esta presencia ¿qué valemos una vez que estamos inmóviles?
Piloto de guerra - Antoine de Saint Exupery
Me parece que en adelante podré entrever mejor lo que es una civilización. Una civilización es una herencia de creencias, de costumbres y de conocimientos lentamente adquiridos a través de los siglos, difíciles a veces de justificar con la lógica, pero que se justifican ellos mismos como caminos si conducen a algún lado, puesto que abren al hombre su horizonte interior.
Una mala literatura nos ha hablado de la necesidad de la evasión. Cierto que uno sale de viaje en busca de espacio. Pero el espacio no se encuentra. Se funde. Y la evasión nunca ha conducido a ningún lado.
Cuando el hombre necesita, para sentirse hombre, correr en carreras, cantar en coros, o hacer la guerra, son ya lazos que se impone a fin de atarse a los otros y al mundo. Pero ¡qué lazos tan pobres! Si una civilización es fuerte, satisface al hombre aunque éste permanezca inmóvil.
En tal pueblecito, silencioso, bajo la luz grisácea de un día lluvioso, veo una enferma enclaustrada que medita apoyada contra su ventana. ¿quién es? ¿qué han hecho de ella? Yo juzgaría la civilización de este pueblecito por la densidad de esta presencia ¿qué valemos una vez que estamos inmóviles?
Piloto de guerra - Antoine de Saint Exupery
jueves, 28 de octubre de 2010
Todo tiene su tiempo
3:1 Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora.
3:2 Tiempo de nacer, y tiempo de morir; tiempo de plantar, y tiempo de arrancar lo plantado;
3:3 tiempo de matar, y tiempo de curar; tiempo de destruir, y tiempo de edificar;
3:4 tiempo de llorar, y tiempo de reir; tiempo de endechar, y tiempo de bailar;
3:5 tiempo de esparcir piedras, y tiempo de juntar piedras; tiempo de abrazar, y tiempo de abstenerse de abrazar;
3:6 tiempo de buscar, y tiempo de perder; tiempo de guardar, y tiempo de desechar;
3:7 tiempo de romper, y tiempo de coser; tiempo de callar, y tiempo de hablar;
3:8 tiempo de amar, y tiempo de aborrecer; tiempo de guerra, y tiempo de paz.
3:9 ¿Qué provecho tiene el que trabaja, de aquello en que se afana?
3:10 Yo he visto el trabajo que Dios ha dado a los hijos de los hombres para que se ocupen en él.
3:11 Todo lo hizo hermoso en su tiempo; y ha puesto eternidad en el corazón de ellos, sin que alcance el hombre a entender la obra que ha hecho Dios desde el principio hasta el fin.
3:12 Yo he conocido que no hay para ellos cosa mejor que alegrarse, y hacer bien en su vida;
3:13 y también que es don de Dios que todo hombre coma y beba, y goce el bien de toda su labor.
3:14 He entendido que todo lo que Dios hace será perpetuo; sobre aquello no se añadirá, ni de ello se disminuirá; y lo hace Dios, para que delante de él teman los hombres.
3:15 Aquello que fue, ya es; y lo que ha de ser, fue ya; y Dios restaura lo que pasó.
3:16 Vi más debajo del sol: en lugar del juicio, allí impiedad; y en lugar de la justicia, allí iniquidad.
3:17 Y dije yo en mi corazón: Al justo y al impío juzgará Dios; porque allí hay un tiempo para todo lo que se quiere y para todo lo que se hace.
3:18 Dije en mi corazón: Es así, por causa de los hijos de los hombres, para que Dios los pruebe, y para que vean que ellos mismos son semejantes a las bestias.
3:19 Porque lo que sucede a los hijos de los hombres, y lo que sucede a las bestias, un mismo suceso es: como mueren los unos, así mueren los otros, y una misma respiración tienen todos; ni tiene más el hombre que la bestia; porque todo es vanidad.
3:20 Todo va a un mismo lugar; todo es hecho del polvo, y todo volverá al mismo polvo.
3:21 ¿Quién sabe que el espíritu de los hijos de los hombres sube arriba, y que el espíritu del animal desciende abajo a la tierra?
3:22 Así, pues, he visto que no hay cosa mejor para el hombre que alegrarse en su trabajo, porque esta es su parte; porque ¿quién lo llevará para que vea lo que ha de ser después de él?
La Biblia - Ecclesiastés capítulo 3
3:2 Tiempo de nacer, y tiempo de morir; tiempo de plantar, y tiempo de arrancar lo plantado;
3:3 tiempo de matar, y tiempo de curar; tiempo de destruir, y tiempo de edificar;
3:4 tiempo de llorar, y tiempo de reir; tiempo de endechar, y tiempo de bailar;
3:5 tiempo de esparcir piedras, y tiempo de juntar piedras; tiempo de abrazar, y tiempo de abstenerse de abrazar;
3:6 tiempo de buscar, y tiempo de perder; tiempo de guardar, y tiempo de desechar;
3:7 tiempo de romper, y tiempo de coser; tiempo de callar, y tiempo de hablar;
3:8 tiempo de amar, y tiempo de aborrecer; tiempo de guerra, y tiempo de paz.
3:9 ¿Qué provecho tiene el que trabaja, de aquello en que se afana?
3:10 Yo he visto el trabajo que Dios ha dado a los hijos de los hombres para que se ocupen en él.
3:11 Todo lo hizo hermoso en su tiempo; y ha puesto eternidad en el corazón de ellos, sin que alcance el hombre a entender la obra que ha hecho Dios desde el principio hasta el fin.
3:12 Yo he conocido que no hay para ellos cosa mejor que alegrarse, y hacer bien en su vida;
3:13 y también que es don de Dios que todo hombre coma y beba, y goce el bien de toda su labor.
3:14 He entendido que todo lo que Dios hace será perpetuo; sobre aquello no se añadirá, ni de ello se disminuirá; y lo hace Dios, para que delante de él teman los hombres.
3:15 Aquello que fue, ya es; y lo que ha de ser, fue ya; y Dios restaura lo que pasó.
3:16 Vi más debajo del sol: en lugar del juicio, allí impiedad; y en lugar de la justicia, allí iniquidad.
3:17 Y dije yo en mi corazón: Al justo y al impío juzgará Dios; porque allí hay un tiempo para todo lo que se quiere y para todo lo que se hace.
3:18 Dije en mi corazón: Es así, por causa de los hijos de los hombres, para que Dios los pruebe, y para que vean que ellos mismos son semejantes a las bestias.
3:19 Porque lo que sucede a los hijos de los hombres, y lo que sucede a las bestias, un mismo suceso es: como mueren los unos, así mueren los otros, y una misma respiración tienen todos; ni tiene más el hombre que la bestia; porque todo es vanidad.
3:20 Todo va a un mismo lugar; todo es hecho del polvo, y todo volverá al mismo polvo.
3:21 ¿Quién sabe que el espíritu de los hijos de los hombres sube arriba, y que el espíritu del animal desciende abajo a la tierra?
3:22 Así, pues, he visto que no hay cosa mejor para el hombre que alegrarse en su trabajo, porque esta es su parte; porque ¿quién lo llevará para que vea lo que ha de ser después de él?
La Biblia - Ecclesiastés capítulo 3
martes, 26 de octubre de 2010
El ritmo de la tierra
Rica y oscura, caía ligeramente de la extremidad de los azadones. A veces, apartaban de ella un trozo de ladrillo, una astilla de madera. Nada. En algún tiempo en alguna época remota cuerpos de hombres y mujeres habrían sido enterrados aquí, y aquí se habrían levantado casas que habían caído y, vuelto a la tierra. Así volverían a ella sus propios cuerpos y su propia casa. Cada cual su turno. Y trabajaban juntos moviéndose juntos, arrancando juntos el fruto de esta tierra, en el silencioso compás de su ritmo unísono.
Al ponerse el sol, Wang Lung se enderezó despacio, y miró a la mujer. Tenía ésta la cara húmeda y estriada de la tierra. Y estaba tan morena como los mismos terrones. El oscuro vestido se le pegaba al cuerpo sudoroso. Alisó despacio el último surco, y luego simple y súbitamente, con voz que sonó más opaca que nunca en el silencio del anochecer, dijo:
-Estoy preñada.
Wang Lung se quedó muy quieto. ¿Qué podría replicar a esto? Se bajó a coger un pedazo de ladrillo roto y lo echó fuera del surco. La mujer había dicho aquello como si dijera “Te he traído té” o como si dijera “Vamos a comer” Parecía que fuese para ella una cosa corriente. Pero ¡para él! En no podía expresar lo que sentía, su corazón se hinchaba y se detenía como si hubiera encontrado súbitas limitaciones. Bien, ¡era el turno de ellos en esta tierra!
De pronto le quitó la azada a la mujer y le dijo:
-Basta por hoy. Ya se ha terminado el día. Vamos a darle la noticia al viejo.
Y echaron a andar hacia la casa, ella, como corresponde a una mujer, media docena de pasos detrás del marido.
lunes, 18 de octubre de 2010
La importancia de los detalles
“¿No sería mejor que fuéramos a la habitación?” preguntó tímidamente.
“¿Porqué a la habitación?” ¿Para qué necesitas la habitación?” se rió la chica.
No sabemos porqué se rió. Fue una risa inútil, casual, producto de la timidez. Pero a Jaromil le hirió, tuvo miedo de haber dicho alguna tontería, de que su predisposición de ir a la habitación hubiera puesto en evidencia su ridícula falta de experiencia. De repente se encontró completamente abandonado, se hallaba en una habitación ajena, bajo la luz inquisitiva de una lámpara que no podía apagar, con una mujer que se reía de él.
Y en aquel momento supo que aquel día no haría el amor, se sentía confundido y se sentó en el sofá sin decir palabra, aquello le daba lástima, pero también lo tranquilizaba, ya no estaba obligado a pensar si apagar o no apagar la luz, en cómo hacer para desnudarse, y estaba contento de que no hubiera sido culpa suya, no debía haberse reído de aquella manera tan tonta.
-¿Qué te pasa? – le preguntó
Nada –dijo Jaromil y se dio cuenta de que si se hubiera puesto a explicar por qué motivo estaba ofendido, el ridículo habría sido aún mayor. Pero se contuvo, la levantó del sofá y comenzó a contemplarla detenidamente (quería convertirse en dueño y señor de la situación y le pareció que el que contempla es dueño y señor del contamplado) , después dijo –Eres bonita.
La chica levantada del sofá en que hasta ese momento había yacido en una espera tensa, pareció repentinamente liberada, volvió a ser conversadora y a sentirse segura de sí misma. No le importó que el chico la observara (quizás le pareció que el contemplado es dueño y señor del que contempla) y finalmente le preguntó:
-¿Soy más bella desnuda que vestida?
Hay una serie de preguntas femeninas clásicas, con las que todo hombre se encuentra a lo largo de la vida, y la escuela debería preparar a los hombres para estos casos. Pero Jaromil, como todos nosotros, había ido a escuelas deficientes y no sabía qué contestar, intentó adivinar qué era lo que la chica deseaba oir, pero no estaba seguro: la chica aparecía vestida delante de la gente y según eso debería producirle satisfacción que le dijera que estaba más bonita vestida, pero por otra parte la desnudez es como un estado de veracidad corporal y de acuerdo con eso debería gustarle más que le dijera que era más bonita desnuda.
-Eres bonita desnuda y vestida- dijo, pero la joven no quedó nada satisfecha con ese tipo de respuesta. Paseaba por la habitación, se le mostraba y lo obligaba a que respondiese sin excusas. Quiero saber cómo te gusto más.
Con estas precisiones la pregunta era ya más fácil de responder, cómo los demás solo la conocían vestida, le había parecido poco cortés, un momento antes, decir que vestida era menos bonita que desnuda, pero si ahora le preguntaba su opinión subjetiva, podía decir sin temor que a él le gustaba más desnuda porque así le daba a entender que la amaba tal cual era y no le interesaba nada de lo que pudiera adornarla
Parece que su respuesta no fue mala, porque la universitaria, cuando oyó que era más bonita desnuda, reaccionó muy positivamente, ya que no se vistió hasta que Jaromil se fue, lo besó muchas veces y cuando se iba (eran las once menos cuarto, mamá estará contenta) le susurró al oído junto a la puerta : “Hoy me he dado cuenta de que me quieres. Eres muy bueno. Me quieres de verdad. Sí , así todo ha sido mejor. Vamos a seguir guardando ese momento para un poco más tarde, vamos a seguir deseándolo otro poquito”.
La vida está en otra parte - Milan Kundera
martes, 12 de octubre de 2010
Lo más trivial
Por otro lado se preguntó ¿qué es un secreto íntimo? ¿será ahí donde reside lo más individual, lo más original, lo más misterioso de un ser humano? ¿serán esos secretos íntimos los que convierten a Chantal en ese ser único al que ama? No. Es secreto lo más corriente, lo más trivial, lo más repetitivo y común de todos: el cuerpo y sus necesidades, sus enfermedades, sus manías, el estreñimiento, por ejemplo, la menstruación. Si ocultamos púdicamente esas intimidades no es porque sean tan personales, sino por el contrario, porque son lamentablemente impersonales. ¿cómo puede estar resentido con Chantal por pertenecer a su sexo, parecerse a otras mujeres, llevar sostenes y, de paso, compartir la misma psicología de los sostenes? ¡cómo si él mismo no tuviera alguna tonta peculiaridad eternamente masculina! Los dos provienen de aquel taller de chapuzas donde les habían estropeado los ojos con un movimiento desarticulado de los párpados y les habían instalado una pequeña y maloliente fábrica en el vientre. Los dos tienen un cuerpo en el que el alma ocupa muy poco espacio ¿no deberían perdonárselo mutuamente? ¿no deberían ir más allá de las pequeñas miserias que ocultan en el fondo de sus cajones? Le sorprendió una inmensa compasión y, para zanjar de una vez esta historia, decidió escribirle una última carta.
La identidad - Milan Kundera
domingo, 10 de octubre de 2010
La fuerza del vulnerable
En los impresos que les entregaban, no sabía qué poner bajo el rubro "profesión de los padres". Primero escribió "ama de casa" , mientras Pierre escribía "empleada de Correos". Pero Pierre le aclaró que ama de casa no era una profesión, sino que designaba a una mujer que se quedaba en la casa y se ocupaba de tareas domésticas.
-No- dijo Jacques,- se ocupa de las casas de los otros y sobre todo de la del mercado de enfrente.
-Bueno- dijo Pierre vacilando, - creo que hay que poner "criada"
A Jacques nunca se le había ocurrido esa idea por la simple razón de que esa palabra, demasiado rara, nunca se pronunciaba en su casa -debido también a que ninguno de ellos tenía la impresión de que trabajaba para los otros: trabajaba ante todo para sus hijos -. Jacques empezó a escribir la palabra, se detuvo y de golpe conoció la verguenza y la vergüenza de haber sentido vergüenza.
Un niño no es nada por sí mismo, son sus padres quienes los representan. Por ellos se define, por ellos es definido a los ojos del mundo. A través de ellos se siente juzgado de verdad, es decir, juzgado sin poder apelar, y ese juicio del mundo es lo que Jacques acababa de descubrir, y junto con él, su propio juicio sobre la maldad de su propio corazón. No podía saber que tiene menos mérito, al llegar a hombre, no haber conocido esos malos sentimientos. Pues uno es juzgado, bien o mal, por lo que es y no tanto por su familia, ya que incluso sucede que la familia sea juzgada a su vez por el niño cuando llega a hombre. Pero Jacques hubiera necesitado un corazón de una pureza heroica y excepcional para no sufrir ese descubrimiento que acababa de hacer, así como hubiera necesitado una humildad imposible para no acoger con rabia y vergüenza lo que sobre su carácter le revelaba. No tenía nada de todo eso, sino un orgullo duro y malo que lo ayudó por lo menos en esa circunstancia y le hizo escribir con mano firme la palabra "criada" en el impreso, que llevó con semblante cerrado al pasante que ni siquiera le prestó atención. A pesar de todo, Jacques no deseaba cambiar de estado ni de familia, y su madre tal como era seguía siendo lo que más amaba en el mundo, aunque la amara desesperadamente. Por lo demás, ¿cómo hacer entender que un niño pobre pueda a veces sentir vergüenza sin tener nunca nada que envidiar? .
En otra ocasión, como le preguntaran por su religión, respondió "católica". Le preguntaron si se había inscrito en los cursos de instrucción religiosa, y recordando los temores de su abuela, respondió que no.
-En una palabra -dijo el pasante, burlón pero sin reírse - usted es católico no practicante.
Jacques no podía decir nada de lo que ocurría en su casa, ni explicar de qué manera singular encaraban los suyos la religión. Respondió, pues, firmemente "sí", cosa que provocó risa y le ganó fama de seguro de sí mismo en el momento que se sentía más desorientado.
El primer hombre - Albert Camus
-No- dijo Jacques,- se ocupa de las casas de los otros y sobre todo de la del mercado de enfrente.
-Bueno- dijo Pierre vacilando, - creo que hay que poner "criada"
A Jacques nunca se le había ocurrido esa idea por la simple razón de que esa palabra, demasiado rara, nunca se pronunciaba en su casa -debido también a que ninguno de ellos tenía la impresión de que trabajaba para los otros: trabajaba ante todo para sus hijos -. Jacques empezó a escribir la palabra, se detuvo y de golpe conoció la verguenza y la vergüenza de haber sentido vergüenza.
Un niño no es nada por sí mismo, son sus padres quienes los representan. Por ellos se define, por ellos es definido a los ojos del mundo. A través de ellos se siente juzgado de verdad, es decir, juzgado sin poder apelar, y ese juicio del mundo es lo que Jacques acababa de descubrir, y junto con él, su propio juicio sobre la maldad de su propio corazón. No podía saber que tiene menos mérito, al llegar a hombre, no haber conocido esos malos sentimientos. Pues uno es juzgado, bien o mal, por lo que es y no tanto por su familia, ya que incluso sucede que la familia sea juzgada a su vez por el niño cuando llega a hombre. Pero Jacques hubiera necesitado un corazón de una pureza heroica y excepcional para no sufrir ese descubrimiento que acababa de hacer, así como hubiera necesitado una humildad imposible para no acoger con rabia y vergüenza lo que sobre su carácter le revelaba. No tenía nada de todo eso, sino un orgullo duro y malo que lo ayudó por lo menos en esa circunstancia y le hizo escribir con mano firme la palabra "criada" en el impreso, que llevó con semblante cerrado al pasante que ni siquiera le prestó atención. A pesar de todo, Jacques no deseaba cambiar de estado ni de familia, y su madre tal como era seguía siendo lo que más amaba en el mundo, aunque la amara desesperadamente. Por lo demás, ¿cómo hacer entender que un niño pobre pueda a veces sentir vergüenza sin tener nunca nada que envidiar? .
En otra ocasión, como le preguntaran por su religión, respondió "católica". Le preguntaron si se había inscrito en los cursos de instrucción religiosa, y recordando los temores de su abuela, respondió que no.
-En una palabra -dijo el pasante, burlón pero sin reírse - usted es católico no practicante.
Jacques no podía decir nada de lo que ocurría en su casa, ni explicar de qué manera singular encaraban los suyos la religión. Respondió, pues, firmemente "sí", cosa que provocó risa y le ganó fama de seguro de sí mismo en el momento que se sentía más desorientado.
El primer hombre - Albert Camus
Lo bueno de la vida
Oh sí, era así, la vida de aquel niño había sido así, la vida había sido así en la isla pobre del barrio, unida por la pura necesidad, en medio de una familia inválida e ignorante, con su sangre joven y fragorosa, un apetito de vida devorador, una inteligencia arisca y ávida, y siempre un delirio jubiloso cortado por las bruscas frenadas que le infligía un mundo desconocido, dejándolo desconcertado paro rápidamente repuesto, tratando de comprender, de saber, de asimilar ese mundo que no conocía, y asimilándolo, sí, porque lo abordaba ávidamente, sin tratar de escurrirse en él, con buena voluntad pero sin bajeza y sin perder jamás una certeza tranquila, una seguridad, sí, puesto que era la seguridad de que conseguiría todo lo que quería y que nada, jamás, de este mundo y sólo de este mundo, le sería imposible, preparándose (y preparado también por la desnudez de su infancia) a encontrar un lugar en todas partes, porque no deseaba ningún lugar, sino sólo la alegría, los seres libres, la fuerza y todo lo que de bueno, de misterioso tiene la vida, y que no se compra ni se comprará jamás.
Preparándose incluso, a fuerza de pobreza, a ser capaz de recibir dinero sin haberlo pedido nunca y sin someterse nunca a él, tal como era Jacques , ahora, a los cuarenta años, reinando sobre tantas cosas y al mismo tiempo seguro de ser menos que el más humilde, y nada, comparado con su madre. Sí, había vivido así entre los juegos del mar, del viento, de la calle, bajo el peso del verano y las lluvias intensas del breve invierno, sin padre, sin tradición transmitida, pero habiendo hallado durante un año, justo en el momento preciso, un padre, y avanzando a través de los seres y las cosas, en el conocimiento que iba adquiriendo para fabricar algo que se parecía a una conducta (suficiente en ese momento, dadas las circunstancias que se le presentaban, insuficiente más tarde frente al cáncer del mundo) y para crearse su propia tradición.
El primer hombre - Albert Camus
sábado, 9 de octubre de 2010
Imagino
¿Viajar? Para viajar basta existir. Voy, de día en día, como de estación en estación,en el tren de mi cuerpo, o de mi destino, asomado a las calles y plazas, sobre los gestos y rostros, siempre iguales y siempre diferentes, como son, a fin de cuentas, todos los pasajeros.
Si imagino, veo. ¿qué más hago yo si viajo? Sólo la debilidad extrema de la imaginación justifica que se tenga uno que desplazar para sentir.
“Cualquier camino, este mismo camino de Entepfuhl, te llevará hasta el fin del mundo". Pero el fin del mundo , desde que el mundo se consumó dándole la vuelta, es el mismo Entepfuhl, de donde se partió. En realidad, el fin del mundo, como el principio, es nuestro concepto del mundo. Es en nosotros donde los paisajes tienen paisajes. Por eso, si los imagino, los creo; si los creo; son; si son, los veo como a los otros. ¿Para qué viajar? En Madrid, en Berlín, en Persia, en China, en ambos polos ¿dónde estaría yo sino en mí mismo, y en el tipo y género de mis sensaciones? . La vida es lo que hacemos de ella. Los viajes son los viajeros. Lo que vemos no es lo que vemos, sino lo que somos.
El libro del desasosiego – Fernando Pessoa
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